EDITORIAL

 

El cine ha creado desde los primeros años de su historia, mecanismos para autocelebrarse: galas de pre estreno, competencias cinematográficas, concursos y festivales. Entre esas fórmulas aparecieron las cabalgatas en las que se invita al espectador a recorrer decenas de títulos a lo largo de una semana, con muchas promesas que estimulan esas maratones. La guiñada (eso que el marketing llama hoy público objetivo) está dirigida en principio a los cultores de películas, aquellos individuos que han convertido a la concurrencia al cine en un verdadero ritual, más allá de todas las pantallas alternativas que hoy se les ofrecen.

Ese “núcleo duro” tiene desde el 26 de octubre, y hasta el 5 de noviembre, una nueva instancia donde alimentarse: a partir de ese día, algunas salas del circuito Movie quedan a disposición de las 45 películas que conforman la edición número 16 del Monfic, el Montevideo Festival Internacional de Cine. Obviamente, uno de los principales objetivos de la propuesta es  traspasar a ese grupo de fieles para alcanzar a la mayor cantidad de público posible, a través de una celebración de la diversidad temática, cultural y artística, que el cine puede alcanzar y potenciar como pocas expresiones creativas pueden hacerlo.

No lo hace por contraposición a algo, sino reafirmando el valor que tiene la multiplicación de voces conseguida a través de películas que llegan desde Argentina, Alemania, Francia, Japón, Rumania, Palestina, Israel, Brasil, España, Italia, Gran Bretaña, Túnez y, sobre todo, desde Uruguay. Un festival con esta concepción significa una alternativa necesaria a la programación habitual de los estrenos que son la rutina y que pueden verse en cualquier parte del planeta. Es una manifestación clara de las polaridades que se están instalando en nuestro mundo, principalmente la que se expresa entre la globalización y la individualización. ¿De qué otra forma podría entenderse la proliferación de obras nacionales o regionales mientras la gran industria construye producciones cada vez más costosas destinadas a arrasar con las taquillas de manera implacable?

De ahí la relevancia que tiene la presencia del cine europeo, con 16 obras entre las que figuran varias muy elogiadas y nominadas a diferentes premios, como las suecas Un hombre llamado Ove (de Hannes Holm, nominada al Oscar y premio de la Academia Europea de Cine) y  Borg McEnroe (de James Metz, recreación en torno a dos referencias históricas del tenis), la finlandesa El esgrimista (de Klaus Hâro, nominada al Globo de Oro), la irlandesa Maudie, el color de la vida (de Aisling Walsh), y la inglesa Victoria y Abdul, en la que Stephen Frears evoca las cercanías de la reina Victoria (Judi Dench) con su sirviente hindú. Además hay un importante espacio para el cine argentino, empezando por la recién doblemente premiada en San Sebastián Alanis (mejor directora: Anahí Berneri, mejor actriz: Sofía Gala) y siguiendo por Zama (de Lucrecia Martel, nominada por Argentina para el Oscar y los premios Goya), La novia del desierto (de Cecilia Atán y Valeria Privato, nominada a dos premios en el pasado festival de Cannes) y Yo soy así, Tita de Buenos Aires, la película de Teresa Costantini en la que Mercedes Funes interpreta a Tita Merello.

La búsqueda de la calidad es un criterio básico en la programación del Monfic. En ese esfuerzo también se alinean seis películas que vienen de otros continentes. Es el caso de la japonesa Después de la tormenta, de Hirokazu Koreeda; de la israelí Norman, el hombre que lo conseguía todo, de Joseph Cedar con Richard Gere; y de la rumana Graduación, por la que Cristian Mungiu fue consagrado mejor director en el último festival de Cannes.

Que de los 45 títulos programados 9 sean uruguayos es representativo del espíritu que anima al Monfic, y no menos lo es el esfuerzo por hacer una confluencia entre cuatro estrenos y cinco films que por una razón u otra marcaron la historia local. Presente y memoria, una construcción que parece unificarse aún más cuando se aprecia que tres de los films uruguayos que todavía no se estrenaron son documentales (el cuarto es un thriller), género destinado a elaborar testimonio y memoria. La mirada retrospectiva está destinada a rescatar las primeras ficciones de largo aliento de Pablo Dotta (El dirigible), Esteban Schroeder (El viñedo), Guillermo Casanova (Viaje hacia el mar), Leonardo Ricagni (Chevrolé) y del trío Pablo Fernández, Eduardo Piñero y Alejandro Pi (Reus).

En ese afán por querer contemplar los intereses que pueden estar instalados en buena parte del público, el festival ha querido hacer un apartado muy especial, a sabiendas de que hay géneros que están muy asociados con el público juvenil. Se trata de cinco películas definidas por el terror. Dos de ellas se alinean a la manera de una saga (El origen del terror en Amityville y Amityville: el despertar), mientras una tercera llega desde Argentina (Aterrados, de Demian Rugna). Pero el plato fuerte se llama Jigsaw, el juego continúa dirigida por Michael y Peter Spierig.

Los títulos mencionados dan una dimensión exacta del propósito que alienta la continuidad del Monfic. Son los platos principales de una gran celebración.

Henry Segura

 

 

MISIÓN

 

El Festival de Cine de Montevideo es un encuentro que, a través de una selección cuidadosa de películas, difunde el cine de calidad, promoviendo el desarrollo cultural y generando una instancia de celebración en la ciudad.

 

 

VISIÓN

 

Queremos ser el mejor encuentro de cine a nivel regional donde participen talentos locales e internacionales. Buscamos ser un referente en la agenda cultural, promoviendo el cine como entretenimiento, industria y arte, que represente al país.

 

 

VALORES

 

• Compromiso
• Entusiasmo
• Respeto al trabajo de los demás, compañerismo
• Perseverancia y superación
• Transparencia en el actuar
• Credibilidad
• Lealtad